Trump ante la ONU: radiografía
de un discurso imperial
El discurso de Donald Trump ante la Asamblea General de la ONU no fue solamente otra colección de exageraciones, insultos y alabanzas a sí mismo. Fue la exposición descarnada de una doctrina imperial donde Estados Unidos se atribuye el derecho de decidir qué países pueden conservar su soberanía, qué gobiernos deben desaparecer, cuáles recursos pueden administrar sus propietarios y qué instituciones internacionales merecen sobrevivir.
Trump no llegó a la ONU como representante de una nación entre iguales, se presentó como administrador del planeta, jefe militar del hemisferio y propietario informal de todo aquello que Washington considere estratégico.
Irán y Venezuela: la fuerza convertida en derecho
Contra Irán, Trump planteó una disyuntiva que habría resultado grotesca incluso en boca de un emperador del siglo XIX que exige aceptar las condiciones estadounidenses o enfrentar la aniquilación, no habló de negociación entre Estados soberanos, sino del privilegio de una potencia para decidir si otro país merece existir.
Y con Venezuela fue todavía más explícito porque presumió la operación militar estadounidense que secuestró a Nicolás Maduro, celebró un acuerdo petrolero por 65 mil millones de barriles y remató con una frase que desnudó cualquier pretexto democrático: “al vencedor pertenece el botín” y así el discurso oficial registra tanto la operación como la afirmación de que Estados Unidos utilizará su poder militar para proteger sus intereses en el hemisferio.
Pero eso no es cooperación ni defensa de la democracia, porque un acuerdo firmado después de una invasión y bajo control del ejército vencedor no es un convenio entre iguales, es simplemente pillaje.
América Latina como propiedad estadounidense
La doctrina expuesta por Trump resucita la parte más brutal de la Doctrina Monroe en la que América Latina vuelve a aparecer como una zona sobre la cual Washington reclama derechos especiales de vigilancia, castigo e intervención.
Y México ocupa el centro de esa ofensiva, Trump lo llamó “epicentro” de la violencia de los cárteles y presentó a estas organizaciones como el equivalente hemisférico del Estado Islámico, en un mecanismo que recuerda a la Guerra Fría, cuando el enemigo universal era el comunismo, solo que ahora son los cárteles, por lo que cambia la etiqueta, pero permanece la utilidad política del monstruo para justificar presiones, operaciones encubiertas y eventualmente acciones militares.
El narcotráfico constituye una amenaza real, pero reconocerla no obliga a aceptar la tutela estadounidense y mucho menos cuando Washington suele olvidar su propio mercado de consumidores, el tráfico de armas hacia México y el sistema financiero donde se lava buena parte del dinero criminal.
Cooperación, sí. Subordinación, nunca.
Del combate al crimen a la ejecución sin juicio
El peligro aumenta cuando Trump afirma que los integrantes de los cárteles deben ser asesinados, expulsados o encarcelados como “combatientes enemigos” sin posibilidad de liberación pues, con esa fórmula, desaparecen las investigaciones, los tribunales y la presunción de inocencia y basta con que Washington coloque un nombre en una lista para transformar al sospechoso en objetivo militar.
Trump también aseguró que los ataques estadounidenses contra embarcaciones habían eliminado el 97 por ciento de las drogas transportadas por mar, pero no presentó una fuente verificable que sostuviera semejante prodigio estadístico.
Pero es que la cifra cumple una función propagandística donde primero se fabrica una victoria marítima y después se argumenta que las operaciones deben trasladarse a tierra, pero, para Trump esa tierra se llama México.
Cuba: castigar y después culpar a la víctima
Trump describió a Cuba como un Estado fracasado próximo a caer, pero por supuesto que omitió que Estados Unidos lleva más de seis décadas imponiendo un bloqueo económico destinado precisamente a producir escasez, aislamiento y desesperación.
Washington dificulta el acceso cubano a financiamiento, energía, tecnología, medicamentos e inversiones, y después presenta las consecuencias de ese asedio como demostración espontánea de incompetencia, es como incendiar una casa y burlarse de sus habitantes porque no consiguieron conservar los muebles.
En octubre de 2025, la Asamblea General de la ONU volvió a exigir el fin del bloqueo y 165 países votaron a favor, siete en contra y doce se abstuvieron, pero, aunque no existe un veto estadounidense, porque la Asamblea General no funciona como el Consejo de Seguridad, el desprecio de Washington por una condena internacional abrumadora siempre se impone.
Cuba no es castigada porque haya fracasado, la realidad es que Estados Unidos lleva décadas intentando hacerla fracasar porque nunca consiguió someterla.
Groenlandia y el nuevo candado del Ártico
Trump anunció también un acuerdo que otorgaría a Estados Unidos control permanente sobre la seguridad de Groenlandia, capacidad para impedir inversiones consideradas hostiles y dos nuevas bases militares.
Washington ya poseía amplios derechos militares mediante el acuerdo de defensa de 1951, la novedad no consiste simplemente en tener presencia, sino en ampliar esa presencia como mecanismo de control económico y geopolítico.
Groenlandia domina rutas decisivas entre el Ártico y el Atlántico Norte, así que reforzarla permite vigilar la expansión de la Ruta Marítima del Norte promovida por Rusia y condicionar el acceso futuro a recursos, comercio y posiciones militares y, con esto, la geografía vuelve a convertirse en propiedad del imperio.
Migración: el odio contra quienes construyeron Estados Unidos
Trump acusó a la migración masiva de destruir las grandes culturas, y lo dijo el presidente de un país edificado por sucesivas oleadas migratorias, además del trabajo forzado de millones de africanos esclavizados y del despojo impuesto a los pueblos originarios.
Estados Unidos no existiría como potencia científica, económica y cultural sin trabajadores, inventores, artistas, agricultores y empresarios llegados desde todos los continentes, porque el migrante no destruyó ese país, lo construyó.
La diversidad no aniquila las culturas, las transforma y enriquece. Lo verdaderamente destructivo es convertir al extranjero pobre en enemigo para ocultar la desigualdad, la explotación laboral y las guerras que expulsan a millones de sus hogares.
Inteligencia artificial: la nueva carrera por la supremacía
La inteligencia artificial apareció en el discurso como otra frontera que Estados Unidos debe conquistar, por lo que Trump rechazó cualquier mecanismo internacional de regulación, decidió rebautizarla como “superinteligencia” y afirmó que quien gane esa competencia, gana todo.
No fue una ocurrencia lingüística inocente porque su administración ha definido expresamente como política nacional mantener el “dominio global” estadounidense sobre la inteligencia artificial.
Datos, algoritmos, vigilancia, automatización y aplicaciones militares son tratados como instrumentos de supremacía y la seguridad colectiva, los derechos digitales y los riesgos sociales quedan subordinados a una carrera contra China.
Trump no propone que la inteligencia artificial sirva a la humanidad, pretende que le sirva al vencedor para dominar al resto.
El falso rechazo al “gobierno global”
El discurso culminó con ataques contra la ONU, la Corte Penal Internacional y los organismos multilaterales y, entre otras muchas mentiras, Trump presumió una reducción de 15 por ciento al presupuesto de Naciones Unidas, la eliminación de más de cuatro mil puestos y exigió que los países abandonaran la Corte Penal Internacional.
Y esta es, precisamente, la contradicción definitiva, porque Trump dice rechazar un “gobierno global”, pero pretende que Estados Unidos pueda intervenir militarmente, controlar recursos, dictar sanciones, definir enemigos y sustraerse de cualquier tribunal.
Porque, en realidad, no rechaza un gobierno mundial, rechaza cualquier autoridad mundial que no gobierne o esté controlada por Washington.
En octubre de 2025, la Asamblea General de la ONU volvió a exigir el fin del bloqueo y 165 países votaron a favor, siete en contra y doce se abstuvieron, pero, aunque no existe un veto estadounidense, porque la Asamblea General no funciona como el Consejo de Seguridad, el desprecio de Washington por una condena internacional abrumadora siempre se impone.
Cuba no es castigada porque haya fracasado, la realidad es que Estados Unidos lleva décadas intentando hacerla fracasar porque nunca consiguió someterla.
Groenlandia y el nuevo candado del Ártico
Trump anunció también un acuerdo que otorgaría a Estados Unidos control permanente sobre la seguridad de Groenlandia, capacidad para impedir inversiones consideradas hostiles y dos nuevas bases militares.
Washington ya poseía amplios derechos militares mediante el acuerdo de defensa de 1951, la novedad no consiste simplemente en tener presencia, sino en ampliar esa presencia como mecanismo de control económico y geopolítico.
Groenlandia domina rutas decisivas entre el Ártico y el Atlántico Norte, así que reforzarla permite vigilar la expansión de la Ruta Marítima del Norte promovida por Rusia y condicionar el acceso futuro a recursos, comercio y posiciones militares y, con esto, la geografía vuelve a convertirse en propiedad del imperio.
Migración: el odio contra quienes construyeron Estados Unidos
Trump acusó a la migración masiva de destruir las grandes culturas, y lo dijo el presidente de un país edificado por sucesivas oleadas migratorias, además del trabajo forzado de millones de africanos esclavizados y del despojo impuesto a los pueblos originarios.
Estados Unidos no existiría como potencia científica, económica y cultural sin trabajadores, inventores, artistas, agricultores y empresarios llegados desde todos los continentes, porque el migrante no destruyó ese país, lo construyó.
La diversidad no aniquila las culturas, las transforma y enriquece. Lo verdaderamente destructivo es convertir al extranjero pobre en enemigo para ocultar la desigualdad, la explotación laboral y las guerras que expulsan a millones de sus hogares.
Inteligencia artificial: la nueva carrera por la supremacía
La inteligencia artificial apareció en el discurso como otra frontera que Estados Unidos debe conquistar, por lo que Trump rechazó cualquier mecanismo internacional de regulación, decidió rebautizarla como “superinteligencia” y afirmó que quien gane esa competencia, gana todo.
No fue una ocurrencia lingüística inocente porque su administración ha definido expresamente como política nacional mantener el “dominio global” estadounidense sobre la inteligencia artificial.
Datos, algoritmos, vigilancia, automatización y aplicaciones militares son tratados como instrumentos de supremacía y la seguridad colectiva, los derechos digitales y los riesgos sociales quedan subordinados a una carrera contra China.
Trump no propone que la inteligencia artificial sirva a la humanidad, pretende que le sirva al vencedor para dominar al resto.
El falso rechazo al “gobierno global”
El discurso culminó con ataques contra la ONU, la Corte Penal Internacional y los organismos multilaterales y, entre otras muchas mentiras, Trump presumió una reducción de 15 por ciento al presupuesto de Naciones Unidas, la eliminación de más de cuatro mil puestos y exigió que los países abandonaran la Corte Penal Internacional.
Y esta es, precisamente, la contradicción definitiva, porque Trump dice rechazar un “gobierno global”, pero pretende que Estados Unidos pueda intervenir militarmente, controlar recursos, dictar sanciones, definir enemigos y sustraerse de cualquier tribunal.
Porque, en realidad, no rechaza un gobierno mundial, rechaza cualquier autoridad mundial que no gobierne o esté controlada por Washington.
Quiere una ONU suficientemente dócil para legitimar sus decisiones, pero demasiado débil para limitarlas, quiere que una justicia internacional que procese adversarios, pero nunca investigue a militares estadounidenses, quiere una soberanía absoluta para Estados Unidos y obediencia obligatoria para los demás.
Eso no es aislacionismo, porque el aislacionista se retira del mundo, es un imperialismo que busca dominar el
mundo sin rendir cuentas a nadie.
Pero el mundo no necesita un emperador
El discurso deja una imagen inequívoca: Irán debe obedecer, Venezuela debe entregar sus recursos, México debe aceptar la tutela militar, Cuba debe rendirse por hambre, Groenlandia debe funcionar como fortaleza, los migrantes deben ser expulsados, la inteligencia artificial debe asegurar la superioridad tecnológica estadounidense y la ONU debe inclinarse ante la Casa Blanca.
Eso no es liderazgo, es imperialismo.
Pero criticarlo no significa despreciar al pueblo estadounidense porque el imperio no es una nacionalidad, es una estructura política, militar, financiera y corporativa que también explota, engaña y abandona a millones de estadounidenses.
Donald Trump podrá imaginarse como emperador, pero América Latina no es su patio trasero, la humanidad no es una empresa susceptible de adquisición hostil y el planeta no pertenece a Washington.
Y, frente a esa fantasía de dominación sólo cabe responder frontal y contundentemente que se defenderá la soberanía sin tutelas, la cooperación sin subordinación, la tecnología al servicio de los pueblos y la justicia internacional sin excepciones.
Porque el mundo no necesita un amo y mucho menos uno con delirios de grandeza y códigos nucleares.
mundo sin rendir cuentas a nadie.
Pero el mundo no necesita un emperador
El discurso deja una imagen inequívoca: Irán debe obedecer, Venezuela debe entregar sus recursos, México debe aceptar la tutela militar, Cuba debe rendirse por hambre, Groenlandia debe funcionar como fortaleza, los migrantes deben ser expulsados, la inteligencia artificial debe asegurar la superioridad tecnológica estadounidense y la ONU debe inclinarse ante la Casa Blanca.
Eso no es liderazgo, es imperialismo.
Pero criticarlo no significa despreciar al pueblo estadounidense porque el imperio no es una nacionalidad, es una estructura política, militar, financiera y corporativa que también explota, engaña y abandona a millones de estadounidenses.
Donald Trump podrá imaginarse como emperador, pero América Latina no es su patio trasero, la humanidad no es una empresa susceptible de adquisición hostil y el planeta no pertenece a Washington.
Y, frente a esa fantasía de dominación sólo cabe responder frontal y contundentemente que se defenderá la soberanía sin tutelas, la cooperación sin subordinación, la tecnología al servicio de los pueblos y la justicia internacional sin excepciones.
Porque el mundo no necesita un amo y mucho menos uno con delirios de grandeza y códigos nucleares.

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