Estados Unidos: la caída de un imperio que se niega a reconocer su decadencia

Por: Erick Gutiérrez

Los imperios no se derrumban cuando pierden su última batalla, sino cuando mantener su dominio les cuesta más de lo que pueden sostener, Roma, Gran Bretaña y la Unión Soviética conocieron ese proceso y hoy, Estados Unidos presenta síntomas inquietantemente similares, agravados por un presidente que parece empeñado en convertir cada aliado en adversario.

La historia tiene una particularidad que los imperios suelen descubrir demasiado tarde, que ninguno es eterno, todos alcanzan una cima desde la cual su poder parece indestructible y sin embargo, mientras sus gobernantes celebran una grandeza que consideran permanente, comienzan a desarrollarse las contradicciones que terminarán debilitándolos.

Y no se trata de una maldición histórica, existe una explicación económica y política que el historiador Paul Kennedy la denominó sobreextensión imperial y se manifiesta cuando una potencia necesita destinar recursos crecientes a conservar su dominio militar y geopolítico, hasta comprometer las bases económicas que hicieron posible su ascenso, dicho de manera sencilla, es cuando el imperio termina gastando demasiado para seguir siendo imperio.

Roma tuvo que sostener enormes ejércitos para defender fronteras cada vez más difíciles, Gran Bretaña terminó debilitada por el costo de dos guerras mundiales y la pérdida de sus colonias y la Unión Soviética enfrentó el agotamiento de su modelo económico, una competencia militar extraordinariamente costosa y crecientes contradicciones políticas.

Aunque sus circunstancias fueron diferentes, compartieron el problema fundamental de que llegó un momento en que su capacidad para conservar el poder dejó de corresponder con las obligaciones que habían acumulado.

Las cinco etapas del deterioro imperial


Los procesos históricos permiten identificar cinco fenómenos recurrentes: la expansión militar excesiva, la dependencia financiera, la pérdida de influencia sobre otros países, las decisiones estratégicas contraproducentes y el debilitamiento de la hegemonía.

No constituyen una fórmula matemática ni ocurren necesariamente en ese orden porque son mecanismos que se alimentan mutuamente.

Primero, la potencia extiende su influencia hasta convertir numerosos territorios y conflictos en asuntos de su propia seguridad, después necesita financiar ejércitos, instalaciones militares, armamento, intervenciones y alianzas y, cuando los ingresos resultan insuficientes, recurre al endeudamiento y así, cuando aumentan sus dificultades, otras naciones comienzan a desafiar su autoridad, entonces, la potencia responde con presiones económicas o militares que pueden terminar fortaleciendo las resistencias que pretendía eliminar para finalmente descubrir que conservar su hegemonía exige esfuerzos cada vez mayores y produce resultados cada vez menores.

Estados Unidos: un imperio financiado con deuda


Los números estadounidenses son extraordinariamente reveladores. Según los resultados oficiales del ejercicio fiscal 2026, Washington gastó aproximadamente 7.4 billones de dólares, pero obtuvo ingresos por apenas 5.4 billones y la diferencia produjo un déficit cercano a dos billones, esto significa que, de cada 100 dólares que gastó el gobierno federal, casi 27 tuvieron que financiarse mediante endeudamiento.

La deuda pública total estadounidense ya supera los 40 billones de dólares. Y solamente los intereses y otros costos de atenderla representaron aproximadamente 1.36 billones durante el último ejercicio fiscal, es decir que Estados Unidos destina cantidades gigantescas a pagar las consecuencias de sus deudas anteriores, mientras continúa contrayendo nuevas obligaciones.

Y esto exhibe una contradicción esencial, que el país necesita financiar sus compromisos presentes hipotecando una parte creciente de sus ingresos futuros, mientras conserva el aparato militar más costoso del planeta.

De acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, SIPRI, durante 2025 Estados Unidos gastó 954 mil millones de dólares en defensa, aproximadamente un tercio del gasto militar mundial, aunque no todo el endeudamiento se explica por el presupuesto militar porque también pesan las pensiones, los programas sanitarios y otras obligaciones, pero sostener semejante estructura bélica representa una presión formidable sobre sus finanzas y alimenta a un complejo militar-industrial cuya prosperidad depende, en buena medida, de los contratos públicos.

Así que la pregunta resulta inevitable: ¿cuánto tiempo puede una potencia financiar su aparato de dominación mediante una deuda que crece más rápidamente que su capacidad política para corregir sus desequilibrios?

Trump: cuando la arrogancia sustituye a la diplomacia


Donald Trump no inventó estas contradicciones, son resultado de décadas de intervenciones, guerras, endeudamiento y decisiones estratégicas de gobiernos republicanos y demócratas, pero sus políticas están profundizando varios de los factores que alimentan el desgaste estadounidense.

Trump ha convertido los aranceles en instrumentos de intimidación contra adversarios y socios comerciales, ha provocado enfrentamientos con Canadá, México y la Unión Europea, mientras sus amenazas sobre Groenlandia han tensado incluso las relaciones con Dinamarca, integrante de la OTAN, además de que ha protagonizado enfrentamientos bélicos en al menos siete países, incluyendo la actual confrontación con Irán.

La paradoja es que Washington necesita aliados para sostener su influencia internacional, pero su presidente se dedica a erosionar la confianza sobre la que descansan esas alianzas.

En América Latina pretende reafirmar la primacía estadounidense mediante presiones económicas, amenazas y una renovada subordinación de la seguridad regional a los intereses de Washington y, en lugar de fortalecer acuerdos, recurre sistemáticamente a la coerción, pero la intimidación tiene el inconveniente de que puede producir obediencia inmediata y, simultáneamente, estimular la búsqueda de alternativas para evitar futuras imposiciones.

Y mientras tanto, China expande su influencia económica y varios países diversifican sus intercambios e incluso aliados tradicionales de Washington buscan reducir determinadas dependencias estratégicas mientras que el dólar continúa siendo la principal moneda de reserva mundial, aunque su participación es considerablemente menor que al comenzar el siglo.

Así que no estamos observando la desaparición instantánea del poder estadounidense, sino la creciente dificultad para ejercerlo sin resistencias.

La última fase: cuando el imperio pierde su capacidad de imponer las reglas


La decadencia imperial no significa necesariamente que una potencia deje de poseer grandes ejércitos o enormes recursos económicos, significa que esos recursos comienzan a resultar insuficientes para garantizar la obediencia que antes obtenía.

Gran Bretaña no desapareció cuando terminó su imperio colonial, sencillamente dejó de dirigir los destinos del planeta y Estados Unidos puede experimentar una transformación semejante sin que ello implique su desaparición como nación.

La interpretación política que surge de estos acontecimientos es que Washington ya muestra características propias de la fase de disputa y erosión de su hegemonía, con un evidente endeudamiento estructural, sobreextensión militar, competidores fortalecidos, alianzas deterioradas y creciente dependencia de mecanismos coercitivos, pero Trump parece interpretar esas dificultades como una invitación a multiplicar las amenazas, cuando precisamente esa conducta puede acelerar el proceso que pretende detener.

Lo más peligroso de los imperios en decadencia no es solamente su debilidad, sino su disposición a provocar conflictos para demostrar que todavía son fuertes porque la historia enseña que conservar capacidad de destrucción no equivale a conservar hegemonía.

Y acaso esa sea la contradicción que mejor define el momento estadounidense, que aún dispone de una maquinaria militar capaz de devastar países enteros, pero enfrenta dificultades crecientes para construir un orden internacional aceptado incluso por sus propios aliados.

Los imperios no terminan necesariamente cuando otros consiguen derrotarlos, a veces comienzan a terminar cuando necesitan amenazar al mundo entero para convencerse de que todavía lo gobiernan.


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Fuentes: 

Paul Kennedy, Auge y caída de las grandes potencias (1987). Marco conceptual sobre sobreextensión imperial.

Departamento del Tesoro de Estados Unidos, resultados fiscales de 2026, publicados el 16 de octubre de 2026. Déficit, ingresos, gasto y servicio de deuda. Reuters 

SIPRI, Trends in World Military Expenditure, 2025. Gasto estadounidense de 954 mil millones de dólares y participación del 33 % en el gasto militar mundial. SIPRI

Fondo Monetario Internacional, informe COFER del primer trimestre de 2026. El dólar representaba el 57.13 % de las reservas oficiales mundiales de divisas, aunque aumentó ligeramente frente al trimestre anterior. Data IMF

Reuters, 19 de octubre de 2026. Análisis de las tensiones de Trump con aliados de Europa, Asia y Canadá. Reuters

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