La nueva derecha latinoamericana: Washington, los púlpitos y una vieja amenaza para la soberanía

Por: Erick Gutiérrez


Algo está cambiando en América Latina y sería un error reducirlo al viejo movimiento pendular entre izquierda y derecha porque lo que comienza a configurarse es una disputa mucho más profunda: una reorganización del poder político regional en la que confluyen el desgaste de gobiernos progresistas, el miedo social, la inseguridad, las guerras culturales, las redes digitales de propaganda, sectores del evangelicalismo político y una renovada voluntad estadounidense de recuperar abiertamente su predominio sobre el continente.

No se trata de negar los errores de la izquierda porque sí han existido malos gobiernos, corrupción, frustraciones económicas, promesas incumplidas y respuestas insuficientes frente a problemas tan graves como la violencia y pretender que todo avance conservador proviene de una conspiración extranjera sería intelectualmente indefendible, pero sostener que las elecciones latinoamericanas ocurren dentro de compartimentos nacionales impermeables a la influencia de Washington exige ignorar dos siglos de historia y, ahora, los propios documentos del gobierno estadounidense.

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 contiene un capítulo titulado literalmente “The Trump Corollary to the Monroe Doctrine” en el que Washington anuncia que pretende “reafirmar y hacer cumplir” la Doctrina Monroe para restaurar la “preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental” y eso no es una interpretación hostil de algún gobierno latinoamericano, es el lenguaje elegido por la propia Casa Blanca.

Más adelante, el documento plantea utilizar el poder económico estadounidense como instrumento estratégico y reivindica explícitamente el predominio de sus mercados como fuente de influencia internacional, así que la vieja pretensión imperial parece que ya no necesita esconderse demasiado.

De Monroe a Trump: cambia el instrumento, permanece la pretensión


Pero la historia comenzó mucho antes, ya en 1823, la Doctrina Monroe proclamó que las potencias europeas no debían intentar nuevas colonizaciones en América y, con el paso de las décadas, aquel principio destinado originalmente a excluir la intervención europea fue reinterpretado por Washington hasta convertirse en una doctrina de predominio estadounidense sobre el continente.

En 1904, Theodore Roosevelt añadió su corolario y reivindicó para Estados Unidos la posibilidad de ejercer funciones de policía internacional en América Latina y luego, durante la Guerra Fría, la defensa de esa zona de influencia adquirió formas mucho más agresivas, como en Guatemala en 1954, en República Dominicana en 1965, en las operaciones contra Salvador Allende en Chile y en el financiamiento estadounidense a fuerzas anticomunistas en Centroamérica, todo eso forma parte de una historia documentada incluso por los propios archivos de Washington.

Después cambiaron los métodos.


A finales de los ochenta y durante los noventa, la disputa pasó en buena medida del cuartel al ministerio de Hacienda y así llegaron las privatizaciones, la liberalización comercial, la apertura financiera, la disciplina fiscal y la reducción del papel económico del Estado, que se convirtieron en las recetas dominantes del llamado Consenso de Washington.

Pero aquello tampoco fue una operación secreta, ya que muchos gobiernos y élites latinoamericanas abrazaron voluntariamente ese modelo y ésa es precisamente una de las características históricas del predominio imperial, que no siempre necesita imponer desde afuera cuando encuentra grupos internos dispuestos a administrar sus intereses desde dentro.

Hoy Donald Trump vuelve a combinar ambas tradiciones con presión económica y alineamiento político, aranceles y amenazas, poder financiero y coerción diplomática, guerra cultural y respaldo a aliados, el lenguaje ha cambiado, pero la estructura de poder resulta inquietantemente conocida.

Washington ya no disimula su pretensión hemisférica


Trump incluso ha reivindicado públicamente su propio “Trump Corollary” a la Doctrina Monroeby, en diciembre de 2025, la Casa Blanca presentó esa política como la recuperación del liderazgo estadounidense sobre el hemisferio y destacó acuerdos preferenciales con gobiernos como los de Argentina, Ecuador y El Salvador.

Aquí aparece el verdadero problema para América Latina. Una relación entre Estados soberanos supone negociación entre intereses distintos, pero una relación imperial presupone algo diferente, que una potencia considere legítimo decidir qué influencias extranjeras son admisibles, qué activos estratégicos pueden controlar terceros países y qué gobiernos regionales resultan compatibles con sus intereses.

La propia Estrategia de Seguridad Nacional establece que Estados Unidos impedirá que competidores extrarregionales controlen activos considerados estratégicos dentro del hemisferio, dicho sin eufemismos: que Washington vuelve a hablar de América Latina como espacio estratégico propio y ésa es la lógica histórica de la Doctrina Monroe y ése debería ser motivo suficiente de preocupación para cualquier latinoamericano, independientemente de que vote por la izquierda, la derecha o el centro.

El garrote económico vuelve a estar sobre la mesa


Brasil, Colombia y México muestran que esta política tiene instrumentos concretos. 

En Brasil, la administración Trump utilizó aranceles de hasta 50% contra numerosas importaciones brasileñas y relacionó públicamente la confrontación con el proceso judicial contra Jair Bolsonaro y quedó desdibujada la frontera entre una disputa comercial legítima y la presión estadounidense alrededor de un conflicto político interno brasileño.

En Colombia, después de que Gustavo Petro rechazara inicialmente vuelos militares estadounidenses con ciudadanos deportados, Trump anunció un arancel inmediato de 25% y amenazó con elevarlo a 50%, junto con restricciones de visas y otras medidas, la confrontación terminó negociándose, pero el mensaje quedó perfectamente establecido: que el acceso al mercado estadounidense podía utilizarse como mecanismo de presión política.

Y México conoció demasiado bien esa herramienta cuando Trump amenazó al gobierno de Claudia Sheinbaum con aranceles de 25% para presionarlo en materia de migración y fentanilo, pero la presidenta respondió reivindicando soberanía y negociación entre iguales porque por supuesto que Washington tiene intereses legítimos en migración, drogas, comercio y seguridad, igual que México, Brasil o Colombia tienen los suyos.

El problema comienza cuando una potencia utiliza la enorme asimetría económica existente para transformar una negociación entre Estados en un ultimátum porque eso ya es coerción.

La derecha regional y el factor estadounidense


Este contexto importa porque el avance de determinadas derechas latinoamericanas no ocurre en un vacío internacional, algunas comparten con el trumpismo mucho más que preferencias económicas, comparten enemigos, lenguaje, la misma visión cultural, hostilidad hacia la agenda progresista, afinidades con Israel y comparten una concepción según la cual Estados Unidos vuelve a ocupar el papel de centro político y civilizatorio de un supuesto “Occidente” amenazado.

Eso no demuestra que Washington fabrique sus triunfos electorales, sería absurdo afirmarlo, pero sí permite reconocer un ecosistema transnacional dentro del cual determinadas fuerzas latinoamericanas encuentran respaldo político, legitimidad simbólica, espacios mediáticos y afinidad estratégica con la administración estadounidense y ese fenómeno merece ser observado con particular atención cuando el propio gobierno de Estados Unidos declara que pretende recuperar su preeminencia hemisférica.

La conquista emocional


Sin embargo, el poder económico no explica todo. La nueva derecha ha comprendido algo que buena parte de la izquierda todavía parece subestimar, que las elecciones no se disputan únicamente mediante programas económicos, porque la derecha disputa las identidades, los miedos, los valores, la religión, la pertenencia y los enemigos.

Y así, el adversario ya no es presentado simplemente como alguien que propone menores impuestos, más Estado o políticas sociales universales, se le transforma en una amenaza contra la familia, la propiedad, la religión, la seguridad, contra la nación, contra Occidente.

Y, cuando la política alcanza ese nivel emocional, comparar programas deja de ser suficiente porque una política pública puede discutirse pero un enemigo existencial debe ser derrotado y es ahí donde aparece el enorme potencial político de determinadas iglesias evangélicas.

Cuando el púlpito se convierte en estructura política


Primero que nada, es indispensable evitar generalizaciones injustas porque los evangélicos latinoamericanos no constituyen un bloque político uniforme, existen comunidades progresistas, moderadas, conservadoras y políticamente indiferentes, pero los datos muestran tendencias relevantes.

Una investigación de Pew Research Center basada en encuestas realizadas en 2024 encontró que, en varios países latinoamericanos, los protestantes expresan mayor disposición que los católicos a conceder a la religión un papel relevante dentro de las leyes y la vida pública.

En Colombia, 90% de los protestantes encuestados considera que la Biblia debería tener mucha o bastante influencia sobre las leyes del país, en Perú la cifra alcanza 86%, en Brasil y Argentina, 81% y en Chile, 67%.

Estos porcentajes no demuestran automáticamente una orientación electoral determinada, pero sí muestran que existe una base social importante dispuesta a relacionar legislación, identidad nacional y convicciones religiosas y quien controle la interpretación política de esas convicciones obtiene acceso a una estructura de movilización que muchos partidos tradicionales perdieron hace décadas.

Las iglesias tienen territorio, comunidades, autoridades reconocidas, redes de solidaridad, medios de comunicación y contacto permanente con millones de personas y, en términos políticos, eso constituye una infraestructura formidable.

Israel: cuando la geopolítica se vuelve teología


Y es aquí donde aparece Israel porque, para ciertos sectores evangélicos, el apoyo al Estado israelí no responde exclusivamente a consideraciones diplomáticas o estratégicas sino que relacionado también con interpretaciones religiosas sobre el papel bíblico de Israel y esa relación tiene consecuencias políticas observables.

Una investigación publicada por Cambridge University Press analizó 198 votaciones de la Asamblea General de Naciones Unidas correspondientes a 18 países latinoamericanos entre 2009 y 2019 y encontró que, conforme aumenta la población evangélica de un país, también tiende a aumentar su respaldo diplomático a Israel.

Se trata de una asociación estadística, no de una explicación total de la política exterior latinoamericana, pero ayuda a comprender la construcción de un espacio político donde religión, identidad, apoyo a Israel, afinidad con Estados Unidos y conservadurismo cultural pueden reforzarse mutuamente.

Y ésa es una transformación que no debería minimizarse porque entonces la política internacional deja de discutirse solamente en términos de intereses nacionales y comienza a interpretarse mediante categorías morales y religiosas y así, el alineamiento deja de sentirse como subordinación y puede llegar a percibirse como pertenencia.

Primero se construye al enemigo


Aquí aparece quizá la operación política más importante porque si durante años se consigue presentar a “la izquierda” como responsable simultáneamente de la inseguridad, la corrupción, la destrucción de la familia, la pérdida de valores, la amenaza contra la propiedad y la decadencia nacional, llega un momento en que el candidato conservador deja de necesitar demasiadas explicaciones y principal mérito consiste solamente en estar enfrente.

Puede representar intereses económicos ajenos a los de sus votantes, puede sostener políticas que perjudiquen materialmente a esos mismos sectores, puede declararse nacionalista mientras celebra presiones de Washington sobre su país, puede exigir soberanía frente a unos y subordinación frente a otros y la contradicción deja de importar porque la identidad ya decidió antes que la razón electoral.

Y, de esta manera, la pregunta deja de ser: ¿Qué proyecto de país propone? Y termina convirtiéndose en: ¿Puede derrotar al enemigo que me enseñaron a temer? Y es justo ahí donde comienza el verdadero poder de la guerra cultural.

El imperialismo del siglo XXI no necesita repetir el del siglo XX


Sería un error esperar que la dominación contemporánea adopte exactamente las formas del pasado porque no necesita hacerlo, un imperio moderno dispone de herramientas mucho más sofisticadas que un desembarco militar, porque ahora puede utilizar los mercados, el dólar, los aranceles, sanciones, acceso financiero, tecnología, plataformas de comunicación, acuerdos de seguridad, presión diplomática, condicionamientos comerciales y redes culturalmente afines dentro de los propios países.

La lógica puede permanecer aunque cambien los instrumentos y por eso el peligro para América Latina no consiste solamente en que Estados Unidos pretenda conservar influencia regional, las grandes potencias siempre persiguen intereses, el problema aparece cuando una potencia vuelve a considerar al continente entero como una esfera sobre la cual posee derechos especiales y cuando, simultáneamente, sectores políticos latinoamericanos aceptan esa jerarquía como algo natural.

La soberanía no puede depender de quién gobierne


Ésta debería ser una discusión mucho más amplia que la disputa tradicional entre izquierdas y derechas porque México debería poder gobernarse desde la izquierda o desde la derecha sin recibir amenazas económicas estadounidenses, así como Brasil debería resolver sus procesos judiciales sin presiones externas, Colombia debería decidir su política migratoria mediante negociación soberana, Argentina debería poder definir sus alianzas internacionales y Perú, Chile, Bolivia, Ecuador o cualquier otro país deberían tener exactamente el mismo derecho.

Porque la soberanía que sólo se defiende cuando gobiernan los nuestros no es soberanía, es conveniencia y América Latina conoce demasiado bien el precio de confundir ambas cosas porque durante dos siglos hemos visto cambiar los nombres, de Monroe a Roosevelt, de la Guerra Fría a el Consenso de Washington y ahora el “Trump Corollary”.

Cambian los presidentes, cambian las doctrinas y cambian los instrumentos, pero lo que reaparece una y otra vez es la pretensión estadounidense de asumir que el hemisferio occidental constituye una zona especial de sus intereses estratégicos.

Pero la diferencia inquietante del presente podría estar en otra parte porque antes la subordinación necesitaba ser impuesta pero hoy puede encontrar actores locales dispuestos a legitimarla, medios capaces de presentarla como sentido común y estructuras religiosas capaces de dotarla incluso de significado moral.

Y ese es el punto que debería encender las alarmas, porque el dominio exterior alcanza su forma más eficaz cuando deja de percibirse como imposición, cuando la dependencia comienza a llamarse alianza, cuando obedecer comienza a confundirse con compartir valores y cuando una sociedad termina defendiendo como propio el derecho de otra potencia a decidir los límites de su soberanía.

América Latina ya conoce esa historia, lo verdaderamente peligroso sería no reconocerla cuando empieza a repetirse.

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