Flávio Bolsonaro: el patriotismo que huyó a Miami y la sombra de Washington
Por Erick Gutiérrez | Opinión política
El candidato derrotado prometió quedarse en Brasil para reorganizar a la oposición y, menos de 42 horas después estaba en Miami, mientras la justicia investigaba presunto lavado de dinero y posibles apoyos extranjeros a su campaña porque la soberanía, al parecer, terminaba donde empezaba su pasaporte italiano.
Hay patriotas que están dispuestos a entregar la vida por su país, mientras que otros, más pragmáticos, entregan discursos, agitan banderas y, cuando aparecen los problemas, entregan el territorio y Flávio Bolsonaro pertenece, por ahora, a esta última categoría.
El lunes 26 de octubre, después de perder la elección presidencial frente a Luiz Inácio Lula da Silva, el senador brasileño afirmó que permanecería en Brasil para reorganizar a la oposición, aseguró que no pensaba salir del país y que entregaría sus pasaportes a las autoridades y menos de 42 horas después, el miércoles 28, aterrizó con su familia en Miami, por lo que su tránsito del liderazgo patriótico al exilio confortable fue más veloz que cualquier programa de gobierno que hubiera presentado.
Pero no se trató de un viaje ordinario porque el ministro Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal, le había prohibido abandonar Brasil y ordenado entregar sus documentos de viaje, cosa que Flávio no cumplió y cruzó por tierra hacia Argentina utilizando un pasaporte italiano y de allí partió en un avión privado, con escala en Guayaquil, hacia Estados Unidos. Los registros migratorios argentinos y las imágenes del aterrizaje terminaron por despejar las versiones contradictorias que circularon sobre su paradero.
La patria en los discursos, Miami en los hechos
El problema político no consiste únicamente en que un dirigente opositor decida vivir en el extranjero, sino que quien prometió encabezar la resistencia democrática desde Brasil abandonó el país precisamente cuando debía sostener esa promesa y lo hizo desobedeciendo una restricción judicial, aunque no existía entonces una orden de aprehensión en su contra, sí había una prohibición expresa de salida, la distinción jurídica importa, pero no absuelve la contradicción política.
El senador enfrenta investigaciones por presunto lavado de dinero y otras posibles irregularidades financieras y una línea de investigación involucra sus relaciones con el abogado Willer Tomaz, mientras que otra, el financiamiento de Dark Horse, una película sobre su padre Jair Bolsonaro vinculada en las pesquisas con recursos del entorno del Banco Master.
Las investigaciones no equivalen a condenas y los implicados niegan delitos y es precisamente por eso que un aspirante a dirigir la nación debería responder ante sus instituciones, no convertir la frontera en argumento de defensa.
La derecha bolsonarista denuncia persecución y acusa al Supremo de actuar políticamente y toda actuación judicial debe examinarse con garantías y debido proceso, pero esa discusión no borra el hecho de que Flávio aseguró que permanecería en el país y después salió de él pese a una orden que se lo impedía y a esa pirueta se le podrá llamar estrategia, autoexilio o resistencia desde el extranjero, pero la realidad no cambia por mejorarle el nombre.
JD Vance, Rockbridge y la pregunta por el dinero extranjero
La fuga adquiere otra dimensión por las sospechas sobre una posible injerencia estadounidense en la campaña.
The Washington Post informó el 27 de octubre que el ministro Flávio Dino ordenó investigar vínculos entre operadores brasileños y Rockbridge Network, red de donantes conservadores cofundada por el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, en la que el objetivo es determinar si hubo dinero, asesoría, personal, servicios u otros beneficios de origen extranjero para favorecer al candidato derrotado.
Ahora, debemos ser tajantes y rigurosos, porque no se ha probado que Vance financiara personalmente la campaña, y Rockbridge niega haber intervenido ni tampoco se ha acreditado un acuerdo clandestino entre Washington y Bolsonaro, pero existen documentos y contactos investigados que justifican cuestionar quién ofreció apoyo, en qué condiciones, qué recibió la campaña y qué intereses esperaban beneficiarse, porque la investigación incluye además señalamientos sobre eventuales contraprestaciones ligadas a las tierras raras y minerales críticos de Brasil y si bien no hay prueba concluyente de un intercambio de recursos por concesiones, es perfectamente legítimo examinar si intereses extranjeros buscaron influencia electoral para obtener ventajas sobre riquezas estratégicas que pertenecen al pueblo brasileño.
Y esta es la dimensión verdaderamente soberanista del caso, porque la injerencia imperial no siempre llega con marines, cañoneras o embajadores que dictan órdenes, también puede adoptar la forma de redes privadas de financiamiento, consultorías políticas, propaganda digital y promesas de inversión.
Atribuir automáticamente toda esa maquinaria a un plan demostrado sería irresponsable, pero cerrar los ojos ante la posibilidad sería ingenuo.
Una historia latinoamericana demasiado conocida
Nuestra región conoce desde hace más de un siglo el costo de las tutelas de Washington, desde la doctrina Monroe hasta las intervenciones del siglo XX, pasando por el respaldo estadounidense a regímenes anticomunistas y golpes de Estado, la retórica de la libertad ha servido demasiadas veces para justificar la subordinación de pueblos enteros.
Eso no significa que cada conflicto político actual sea una repetición mecánica del pasado, significa que América Latina tiene razones históricas suficientes para exigir transparencia cuando actores extranjeros intervienen, o intentan intervenir, en sus procesos democráticos.
Y por eso, la contradicción del bolsonarismo es especialmente grotesca, pues se proclama guardián de la nación, pero algunos de sus principales referentes buscan legitimidad y protección en el poder estadounidense, invocan soberanía para impugnar decisiones internas, mientras parecen considerar aceptable que Washington opine, presione o proteja a sus aliados y así, la patria les sirve como escenografía electoral y la dependencia, como póliza de seguros.
Donald Trump manifestó disposición a recibir a Flávio y autoridades estadounidenses confirmaron gestiones para permitir su estancia y, aunque eso no demuestra que la Casa Blanca organizara la fuga ni que se haya concedido asilo político, sí exhibe la cercanía de una familia política brasileña con una administración extranjera que no oculta sus preferencias ideológicas en la región.
Lo más grave sería normalizar la idea de que un dirigente puede desconocer las instituciones de su país y solicitar inmediatamente el amparo de una potencia extranjera, mientras se presenta como la encarnación de la soberanía nacional y así no hay independencia posible si el árbitro final de los conflictos internos termina sentado en Washington.
El refugio del falso patriota
Lula ganó en las urnas, Flávio perdió y prometió reorganizar a sus seguidores y esa era su oportunidad de demostrar que una oposición firme también puede ser institucional, que las derrotas democráticas se asumen y que las sospechas penales se enfrentan con abogados y pruebas, pero eligió un pasaporte alternativo y un avión privado.
La justicia brasileña debe investigar sin privilegios, sin revanchismo y sin interferencias externas y si hay delitos, que se prueben y si no los hay, que se descarte la acusación, pero la cuestión política ya quedó planteada y quien pretendía conducir Brasil no quiso permanecer en Brasil cuando llegó la hora de responder por sus actos.
El patriotismo que necesita refugiarse bajo el ala de Washington no es soberanía, es subordinación envuelta en una bandera y la patria, por mucho que insistan sus falsos defensores, no se defiende huyendo a Miami.
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