Lula derrotó a Bolsonaro, a Trump y a la derecha latinoamericana
Por Erick Gutiérrez
La derecha latinoamericana recibió el domingo un golpe que todavía no termina de asimilar. Luiz Inácio Lula da Silva ganó las elecciones presidenciales de Brasil, derrotó al heredero político de Jair Bolsonaro y frustró las aspiraciones de Donald Trump de incorporar a la mayor potencia sudamericana a su bloque de gobiernos subordinados a Washington y, como era previsible, el bolsonarismo respondió con su peculiar concepto de democracia en el que, si pierde, denuncia fraude.
Pero esta no fue una victoria cualquiera, Lula enfrentó una poderosa coalición conservadora, el activismo político de sectores evangélicos, el respaldo público del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, las presiones económicas estadounidenses y una campaña marcada por graves cuestionamientos al comportamiento de Meta y, contra ese escenario, consiguió una remontada histórica que deja importantes lecciones para el progresismo continental.
El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro había ganado la primera vuelta con 56.1 millones de votos, frente a los 53.9 millones de Lula, la diferencia superaba los 2.2 millones de sufragiosny por eso, para la derecha, el retorno al poder parecía cuestión de semanas.
Pero el 25 de octubre ocurrió lo que no estaba en sus planes.
Durante buena parte del escrutinio, ambos candidatos se mantuvieron prácticamente empatados, Bolsonaro llegó a encabezar el conteo, hasta que Lula recuperó la ventaja y comenzó a ampliarla y el resultado oficial fue contundente: 64,256,232 votos para Lula, equivalentes al 51.79%, contra 59,826,041 para Bolsonaro, el 48.21%, esto es, más de cuatro millones cuatrocientos mil votos de diferencia.
Entre ambas vueltas, Lula sumó más de diez millones de sufragios adicionales porque la movilización popular, la recuperación de abstencionistas y la incorporación de electores de otras candidaturas demostraron que la sociedad brasileña conservaba una poderosa capacidad de respuesta frente al retorno del bolsonarismo y esa victoria adquiere una dimensión todavía mayor cuando examinamos las presiones externas.
La administración Trump había convertido los aranceles en un instrumento de coerción política y por eso, en 2025 impuso gravámenes de hasta 50% sobre productos brasileños, vinculándolos expresamente con el proceso judicial contra Jair Bolsonaro y en julio de 2026 aplicó nuevas tarifas de 25% sobre numerosas exportaciones, responsabilizando al gobierno de Lula. La lógica era castigar económicamente a Brasil y trasladar al gobierno progresista el costo político de las decisiones adoptadas en Washington.
Una investigación de Reuters, publicada antes de la segunda vuelta, documentó esfuerzos de funcionarios estadounidenses para favorecer el regreso de la familia Bolsonaro al poder, incluso, tres senadores estadounidenses habían advertido formalmente al secretario de Estado, Marco Rubio, sobre las interferencias de su propio gobierno y a ello se sumó la suspensión de servicios consulares estadounidenses apenas 48 horas antes de la primera vuelta, aunque Washington alegó razones de seguridad, la coincidencia temporal, en medio de semejante ofensiva política y económica, resulta suficientemente sospechosa para exigir explicaciones.
Y no menos significativa fue la participación de Netanyahu, quien manifestó abiertamente su deseo de que Flávio Bolsonaro ganara, la afinidad era evidente porque mientras Lula defendía una política exterior independiente y denunciaba las acciones israelíes en Gaza, el bolsonarismo ofrecía un acercamiento diplomático favorable a los intereses del gobierno israelí.
También Meta quedó bajo cuestionamiento, la empresa reconoció restricciones indebidas contra la publicidad de Lula y atribuyó los incidentes a problemas técnicos y su propio Consejo de Supervisión señaló fallas recurrentes en los mecanismos de protección de la integridad electoral.
Pero la explicación corporativa merece más preguntas que complacencia porque una empresa que controla plataformas fundamentales para la comunicación política no puede pretender que cualquier afectación a una campaña presidencial quede automáticamente justificada invocando fallas informáticas, que no se haya demostrado una manipulación deliberada no elimina su responsabilidad por errores que pueden alterar las condiciones de competencia.
Y después llegó la derrota.
Flávio Bolsonaro se negó a reconocerla y anunció que buscaría anular la elección, argumentando irregularidades por la decisión judicial de extender dos horas la votación, pero el problema para su denuncia es aritmético, porque durante esa prórroga se emitieron menos de 35 mil votos, frente a una diferencia final superior a 4.4 millones y además, la propia campaña bolsonarista también había solicitado ampliar el horario en regiones afectadas por las lluvias.
Hasta ahora, ninguna evidencia demuestra que la medida modificara al ganador, pero parece que desconocer derrotas se ha convertido en una tradición familiar. Jair Bolsonaro perdió frente a Lula en 2022 y terminó involucrado en una conspiración golpista y ahora su hijo pierde frente al mismo adversario y comienza cuestionando la legitimidad electoral.
Para los Bolsonaro, la democracia funciona admirablemente mientras ellos ganan, pero cuando pierden, misteriosamente se convierte en fraude, es una concepción democrática tan profunda como conveniente.
Las repercusiones trascienden las fronteras brasileñas.
México y Brasil concentran aproximadamente 52% de la población y 56% del PIB de América Latina y el Caribe, así que la continuidad de Lula, junto al gobierno de Claudia Sheinbaum, mantiene bajo administraciones progresistas a las dos mayores economías latinoamericanas y esto representa una extraordinaria oportunidad para fortalecer la cooperación regional, defender la soberanía, impulsar políticas sociales y construir contrapesos frente al intervencionismo estadounidense.
Desde luego, existen diferencias económicas y geopolíticas entre ambos países. México mantiene una profunda integración comercial con Estados Unidos, mientras Brasil participa en los BRICS y conserva relaciones estratégicas con China, pero es precisamente por ello que su coordinación puede resultar especialmente valiosa.
El triunfo de Lula también representa una derrota para la derecha mexicana, que observa cómo uno de sus principales referentes ideológicos, el bolsonarismo, vuelve a fracasar electoralmente.
No sorprende que sectores opositores mexicanos reproduzcan acusaciones de fraude sin aportar pruebas, es la misma lógica que hemos visto repetirse en distintos países, en que la voluntad popular merece respeto solamente cuando favorece a sus candidatos.
Sin embargo, sería ingenuo afirmar que la extrema derecha brasileña quedó liquidada, con casi sesenta millones de votos y un Congreso dominado por fuerzas conservadoras demuestran que conserva una considerable capacidad política.
La victoria de Lula no termina la disputa. Impide que la derecha gane una batalla decisiva.
Lo ocurrido en Brasil demuestra, además, que el intervencionismo puede encontrar límites cuando una sociedad decide defender su soberanía y por eso, ni los aranceles, ni las presiones diplomáticas, ni los respaldos extranjeros consiguieron impedir la reelección del presidente brasileño.
Para el progresismo latinoamericano, la lección es tan clara como esperanzadora, pues queda claro que las transformaciones sociales necesitan organización popular, movilización política y capacidad para enfrentar poderes que no suelen aceptar dócilmente la pérdida de sus privilegios.
Lula derrotó a Bolsonaro en las urnas, pero también frustró las expectativas de Trump, Netanyahu y quienes esperaban una restauración conservadora en Brasil y, mientras la derecha internacional busca explicaciones para una derrota que no quiso imaginar, 64 millones de brasileños ya dieron la suya y eso se llama democracia aunque, por lo visto, para los Bolsonaro sigue siendo una palabra cuyo significado depende del resultado.
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