Trump, Irán y el “pequeño precio” de sacrificar Los Ángeles y San Diego
Por: Erick Gutiérrez
Donald Trump ya no habla solamente como presidente de Estados Unidos, cada vez y con mayor frecuencia habla como si encabezara una potencia investida por alguna providencia para decidir qué países deben ser castigados, qué gobiernos pueden sobrevivir y cuánto sufrimiento humano resulta aceptable en nombre de la supuesta seguridad mundial y no hace falta diagnosticarlo, solo basta escuchar su retórica.
Este lunes 5 de octubre, durante un mitin en Nebraska, volvió a exhibir esa concepción imperial del poder. Mientras defendía la guerra contra Irán y sus consecuencias económicas, afirmó que Estados Unidos estaba “salvando al mundo” de lo que podría convertirse en “una de las peores tragedias de la historia” y, acto seguido, minimizó los costos del conflicto como “un pequeño precio a pagar”.
Hasta ahí podríamos estar ante otra demostración de la conocida grandilocuencia trumpista, pero en seguida cruzó una frontera inquietante al afirmar que “Pueden destruir una ciudad. Que destruyan Los Ángeles. Que destruyan San Diego”, antes de repetir que aquello representaba “un precio muy pequeño a pagar” y lo más sorprendente y espeluzno es que el público incluso reaccionó con aplausos.
La Casa Blanca asegura que Trump quiso decir exactamente lo contrario, que la guerra impide que un Irán nuclear pueda algún día destruir ciudades estadounidenses y presentan esa interpretación como posible y hasta algunos verificadores consideran que encaja mejor con otros pasajes del discurso.
El problema es que la explicación exige tragarse varias contradicciones, como el que Trump lleva tiempo asegurando que su gobierno neutralizó la amenaza nuclear iraní y ahora vuelve a presentar un eventual ataque nuclear de Irán contra Estados Unidos como justificación de una guerra que él mismo defiende como necesaria para impedir precisamente aquello que anteriormente afirmó haber destruido.
La contradicción es todavía mayor porque no existe evidencia de que Irán posea actualmente un arma nuclear capaz de destruir Los Ángeles o San Diego porque tener una capacidad de enriquecimiento nuclear para uso civil y supervisado no equivale automáticamente a poseer una bomba operativa ni a disponer de los vectores necesarios para lanzarla contra California.
Pero hay algo aún más revelador: la elección de las ciudades.
Trump estaba en Nebraska, podía haber mencionado Nueva York, Washington, Chicago, Houston o cualquier otra gran urbe estadounidense, pero eligió Los Ángeles y San Diego.
No podemos demostrar que lo hiciera debido a su enfrentamiento político con California porque afirmarlo como hecho sería sustituir el análisis por adivinación, pero tampoco resulta absurdo preguntarse por qué su imaginación aterrizó precisamente allí.
Trump mantiene desde hace años una confrontación abierta con California y con sus gobiernos demócratas y Gavin Newsom recordó después de estas declaraciones el despliegue previo de la Guardia Nacional y Marines en el estado durante sus enfrentamientos con Washington y, como era de esperar, las palabras provocaron rechazo incluso entre republicanos californianos.
La pregunta es inevitable: ¿fue casual que, hablando ante simpatizantes en Nebraska, las ciudades que convirtió retóricamente en prescindibles pertenecieran precisamente a uno de los territorios que más utiliza como enemigo político interno? No tenemos la respuesta, pero tenemos derecho a formular la pregunta.
Del “America First” al emperador planetario
La escena encaja además con una retórica cada vez más grandilocuente.
En septiembre, ante la Asamblea General de Naciones Unidas, Trump presentó a Estados Unidos como una potencia excepcional cuya fuerza le concede autoridad para definir las reglas del orden internacional y presumió que su país era más fuerte que nunca, atacó organismos multilaterales y proclamó que mientras él fuera presidente no habría impuestos globales ni aceptaría determinados controles internacionales sobre estadounidenses.
Puede llamarse “America First”, pero desde América Latina conocemos desde hace dos siglos una traducción bastante menos publicitaria: imperialismo.
Washington se arroga el derecho de sancionar gobiernos, bloquear economías, intervenir militarmente, decidir quién constituye una amenaza y después exigir que el resto del planeta acepte sus decisiones como defensa de la libertad porque Trump simplemente ha quitado el barniz diplomático.
Y, cuando proclama que Estados Unidos está “salvando al mundo”, habla desde esa tradición, desde una potencia convirtiendo sus intereses nacionales en supuestos intereses universales y esa retórica resulta particularmente peligrosa cuando quien afirma salvar a la humanidad comienza a considerar imaginable la destrucción de ciudades de su propio país como parte de un “precio pequeño”.
La pregunta incómoda: ¿y si mañana anuncian un ataque iraní?
Aquí debemos entrar en un terreno delicado sin caer ni en ingenuidades ni en conspiraciones prefabricadas.
Las declaraciones de Trump no prueban que Estados Unidos esté preparando una operación de falsa bandera contra su propio territorio, no existe actualmente evidencia pública que permita afirmarlo, pero tampoco existe ninguna obligación racional de conceder confianza anticipada e ilimitada al gobierno estadounidense si mañana Washington anuncia que Irán atacó territorio norteamericano.
Por el contrario, habría razones históricas para exigir un nivel extraordinariamente alto de evidencia independiente pues recordemos que Estados Unidos invadió Irak bajo la afirmación de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y, décadas antes, el segundo supuesto ataque del Golfo de Tonkín fue utilizado para justificar la escalada estadounidense en Vietnam, pero posteriormente, documentación histórica y de inteligencia mostró que aquel episodio no ocurrió como fue presentado inicialmente.
Eso demuestra que Washington ha manipulado, exagerado o presentado incorrectamente información crucial para construir casus belli y por eso, si mañana apareciera ese ataque iraní que Trump ya incorpora a su narrativa,
contra Los Ángeles, San Diego o cualquier otro punto del territorio estadounidense, sería irresponsable aceptar inmediatamente la versión oficial.
Habría que exigir pruebas forenses independientes, identificación verificable del armamento utilizado, trazabilidad, información de inteligencia contrastable y evaluación internacional y sí, entre las hipótesis que tendrían que descartarse mediante evidencia debería incluirse explícitamente una provocación, una manipulación de inteligencia o incluso una operación de falsa bandera, no porque sepamos que vaya a ocurrir sino precisamente porque no debemos permitir que una potencia con antecedentes de fabricar o distorsionar justificaciones para la guerra determine simultáneamente qué ocurrió, quién fue culpable y cuál debe ser el castigo y eso no es conspiracionismo, se llama memoria histórica.
Trump comenzó su discurso proclamando que Estados Unidos está “salvando al mundo” y poco después convirtió verbalmente la eventual destrucción de Los Ángeles y San Diego en parte de un argumento sobre un “precio pequeño” y ahí reside la obscenidad política del episodio.
Porque cuando un gobernante empieza convencido de que salva al planeta, cualquier atrocidad puede terminar pareciéndole necesaria, cualquier país puede convertirse en enemigo y cualquier sacrificio puede reducirse a daño colateral.
El imperialismo siempre necesita una misión superior para justificar sus víctimas y Trump acaba de regalarnos la suya: él salva al mundo y los demás pagan el precio.

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