Trump y la internacional del odio: la xenofobia como arma del imperialismo y la ultraderecha

Por: Erick Gutiérrez


Donald Trump ha convertido la xenofobia en política de Estado y el odio al inmigrante en una poderosa herramienta de manipulación social, desde Washington, el discurso racista del presidente estadounidense alimenta una ofensiva reaccionaria que encuentra cómplices entusiastas en las ultraderechas europeas y el objetivo es tan miserable como evidente: culpar a los migrantes de las crisis provocadas por un sistema económico que los explota y por gobiernos que han fracasado en garantizar el bienestar de sus propias poblaciones.

El racismo, desde luego, no nació con Trump, Estados Unidos tiene una larga historia de segregación, discriminación y persecución racial, mientras Europa arrastra una herencia colonial construida sobre la explotación y el desprecio hacia otros pueblos, lo que Trump ha conseguido es dar legitimidad presidencial a los prejuicios más repugnantes y convertirlos en una bandera política que sus aliados internacionales exhiben sin el menor pudor.

El mecanismo propagandístico es brutalmente sencillo, si los salarios son insuficientes, culpan a los inmigrantes, si escasea la vivienda, también, si los servicios públicos se deterioran, los extranjeros son responsables y cuando estalla la violencia, ni siquiera necesitan conocer a sus autores, basta con atribuírsela a los migrantes, preferentemente musulmanes porque la verdad resulta irrelevante cuando lo importante es alimentar el odio.

Francia: fabricar culpables para ocultar una crisis social


Los acontecimientos del 17 de octubre en Francia exhibieron con absoluta claridad esta operación de manipulación política.

Las manifestaciones surgieron del descontento por el encarecimiento de la vida, los recortes a los servicios públicos y las demandas estudiantiles por mayores recursos educativos y aunque fueron mayoritariamente pacíficas, algunas protestas derivaron en graves actos de violencia, saqueos y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y Trump aprovechó inmediatamente las imágenes para responsabilizar a los inmigrantes y al islam radical, pero no presentó investigaciones, estadísticas ni evidencias, simplemente lanzó la acusación que mejor convenía a su agenda xenófoba.

La agencia Associated Press examinó esos señalamientos y documentó que no existen elementos suficientes para sostener semejante imputación colectiva y que, entre los responsables de distintos episodios, se identificaron activistas radicales y delincuentes que aprovecharon el desorden, pero nada permite adjudicar la violencia a la población inmigrante como conjunto e incluso Emmanuel Macron denunció la desinformación difundida por dirigentes extranjeros, incluido Trump, y su intención de obtener beneficios políticos de la crisis francesa, pero la mentira ya había encontrado destinatarios complacientes.

Alice Weidel, de Alternativa para Alemania, Santiago Abascal, de Vox en España, y otros exponentes de la derecha radical europea utilizaron los disturbios para insistir en su narrativa de una civilización occidental supuestamente amenazada por los extranjeros, es la vieja propaganda colonialista, convenientemente reciclada, donde los pueblos considerados ajenos a Occidente aparecen como bárbaros, mientras los dirigentes que explotan sus países de origen pretenden erigirse en guardianes de la civilización.

Los números que destrozan la propaganda antiinmigrante


La ofensiva xenófoba también se estrella contra una realidad económica que sus promotores prefieren ocultar.

En febrero de 2026, el Instituto Cato, organización estadounidense de orientación libertaria, publicó un estudio que calculó que, entre 1994 y 2023, los inmigrantes aportaron 24.2 billones de dólares en impuestos y generaron costos públicos estimados en 13.6 billones, aportando un beneficio fiscal neto fue de 10.6 billones de dólares y esto no lo afirma un organismo socialista ni una organización revolucionaria latinoamericana, lo calcula un centro de pensamiento estadounidense defensor del libre mercado.

Todavía más revelador resulta el estudio del Institute on Taxation and Economic Policy, que estimó que los inmigrantes indocumentados pagaron 96,700 millones de dólares en impuestos solamente durante 2022 y, de esa cantidad, 25,700 millones financiaron el Seguro Social; 6,400 millones, Medicare, y otros 1,800 millones, el seguro de desempleo, una contradicción escandalosa en la que millones de trabajadores contribuyen al sostenimiento de programas sociales estadounidenses de cuyos beneficios están mayoritariamente excluidos por su situación migratoria.

Y hay más, la Oficina de Presupuesto del Congreso proyectó que el incremento migratorio de 2021 a 2026 contribuiría a reducir el déficit federal estadounidense en aproximadamente 900,000 millones de dólares durante el periodo 2024-2034 y, aunque la recepción de migrantes también implica costos para determinados gobiernos locales, la investigación demuestra que la inmigración puede representar un beneficio económico y fiscal considerable.

En Europa, los estudios de la OCDE tampoco respaldan la caricatura de millones de extranjeros viviendo a costa de los contribuyentes pues su impacto fiscal neto suele ser relativamente pequeño respecto del tamaño de las economías, mientras su trabajo contribuye al financiamiento de los servicios públicos y en sociedades que envejecen aceleradamente y registran una natalidad insuficiente para sostener el crecimiento de su población trabajadora, esa contribución adquiere una importancia estratégica.

El capitalismo necesita migrantes y la ultraderecha necesita enemigos


Y este es el verdadero fondo político y económico del problema, porque las economías desarrolladas necesitan trabajadores migrantes, sus empresas aprovechan su fuerza laboral, sus gobiernos recaudan sus impuestos y sus mercados se benefician de su consumo, sin embargo, las derechas más reaccionarias los presentan como invasores, delincuentes y parásitos sociales.

Pero esto no es una contradicción accidental, es una expresión particularmente perversa de un sistema que obtiene beneficios del trabajo migrante mientras permite utilizar la vulnerabilidad de esos trabajadores como herramienta de explotación económica y manipulación política.

Pero la precariedad salarial no desaparece expulsando extranjeros, la especulación inmobiliaria no se resuelve levantando muros, el deterioro de los servicios públicos no se corrige persiguiendo trabajadores africanos, latinoamericanos o musulmanes, esas crisis tienen responsables políticos y económicos concretos, pero reconocerlos obligaría a cuestionar políticas de austeridad, concentración de la riqueza, explotación laboral y decisiones gubernamentales que las derechas han defendido durante décadas, así que resulta mucho más conveniente inventar un enemigo indefenso.

Y resulta especialmente grotesco que Estados Unidos, potencia cuya expansión económica e influencia internacional han descansado históricamente también en el trabajo de millones de inmigrantes, pretenda presentarlos ahora como una amenaza para su prosperidad, más aún cuando su política exterior ha contribuido, mediante intervenciones militares, sanciones económicas, apoyo a regímenes autoritarios y distintas formas de injerencia, a desestabilizar países de los que después salen personas buscando sobrevivir.

El imperialismo participa en la producción de condiciones que empujan a millones a abandonar sus hogares y posteriormente criminaliza a quienes intentan escapar de sus consecuencias, esto no explica todas las migraciones, pero constituye una responsabilidad histórica que Washington se niega sistemáticamente a reconocer.

La internacional reaccionaria y su negocio del odio


Trump no controla a todas las ultraderechas europeas, ni éstas necesitan recibir órdenes de Washington porque tienen historias, intereses y agendas propias, pero su regreso a la Casa Blanca las ha envalentonado y fortalecido sus redes de colaboración ideológica, pero todas comparten el mismo método político de explotar el miedo, manipular la identidad nacional, convertir los conflictos sociales en amenazas culturales y presentar el autoritarismo como respuesta indispensable y el inmigrante resulta perfecto para esa operación porque es visible, vulnerable y frecuentemente carece de representación política y así, mientras los poderosos acumulan riqueza y los gobiernos evaden responsabilidades, el descontento social se dirige contra quienes menos tienen y ese es el verdadero propósito político de la xenofobia: transformar la indignación legítima contra la desigualdad en resentimiento contra los pobres extranjeros.

No se trata de negar la existencia de problemas de integración ni de justificar delitos cometidos por personas inmigrantes, se trata de rechazar la infamia de atribuir a comunidades enteras responsabilidades individuales, como si la nacionalidad, la religión o el color de piel constituyeran pruebas criminales porque los derechos humanos no son un privilegio reservado a quienes resultan económicamente rentables e incluso si los migrantes no aportaran un solo dólar adicional a las finanzas públicas, conservarían íntegra su dignidad y sus derechos fundamentales.

Ésta es la dimensión moral que Trump y sus imitadores pretenden borrar.


La mayor amenaza para las democracias occidentales no procede de quienes cruzan fronteras buscando trabajo, seguridad o una vida digna, proviene de los dirigentes que convierten el racismo en programa político, la mentira en propaganda y la persecución de seres humanos en espectáculo electoral.

La historia ya ha demostrado adónde conduce la combinación de nacionalismo excluyente, propaganda del miedo y deshumanización del extranjero y si algo debería avergonzar a las sociedades que presumen de defender la libertad y la democracia, es que hoy necesiten recordar una lección que el fascismo escribió con sangre, que cuando el poder comienza señalando a los extranjeros como enemigos, lo que realmente está preparando es el terreno para perseguir a cualquiera que se atreva a disentir.

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